lunes, 1 de noviembre de 2010

La Profundidad de la cicatriz



Cómo no sabía con que actualizar, y me he acordado de esto... pues bueno.
Digamos que esto fue el principio de mi fin.



“La profundidad de la cicatriz”

El arpa descansaba un poco más allá, al lado de la ventana. El sol incidía con suavidad sobre ella, haciendo que brillara.
La miré, admirada.
Desde el momento en que la había visto me había quedado extasiada.
Aquella arpa me había cautivado desde el primer instante. Tenia el color de la miel, era como el oro, incluso diría  que lo era. Debería haberle costado mucho dinero...
De ella sobresalían varias ondulaciones remarcadas,  como olas doradas, ensortijadas sobre sí mismas en el pie del instrumento.
Las finas hebras doradas estaban unidas con delicadeza de punta a punta del arco.
Ahora que me fijaba, parecía muy antigua, antiquísima.
¿Cómo podía recordarle a ella entonces si era tan antigua...?
La seguí observando, embelesada, tenia tantas ganas de tocarla...
Entonces noté que alguien me cogía con suavidad la cintura, atrayéndome hacia él.
Sentí  unos cálidos labios que me besaban la mejilla con ternura. Alce mi brazo  con lentitud y le toque con mi mano el sedoso pelo rubio, enterrando los dedos en el con suavidad.
-¿Quieres tocarla?
Susurro en mi oído.
Me sobresalté, no conseguía acostumbrarme a su hermosa voz. 
También me había sorprendido lo que acababa de decir.
Me  giré y le miré, su rostro me desconcentro un instante, cuán hermoso era.
-¿Qué? Pero si me dijiste que no querías que la tocara.
Me calle. Ambos sabíamos porque era aquella prohibición.
Por ella.
Él sonrió tristemente.
Negó con la cabeza, mirando hacia abajo.                  
-Ahora quiero que la toques, si quieres, claro.
Su expresión era triste, no pude evitar que se me encogiera el corazón ante su intenso dolor.
Sabia que la echaba muchísimo de menos, aún que no lo expresara en voz alta.
Lo veía en su mirada.
Me acerque a él, dudosa.
Le rodeé con mis pálidos y delgados brazos, abrazándole. Le toque con suavidad con los dedos la espalda, moviendo mis manos por donde sabia que le recorrían aquellas horribles cicatrices.
Enyel  se estremeció, era consciente que aún le dolían.
Aunque hubiera pasado mucho tiempo de aquello.
El dolor permanecía.
Me separe un poco de él, su pecho aún estaba desnudo.
Alce la mirada y la clave en sus ojos grises, en ella estaba aquello que yo misma experimentaba tan a menudo antes de conocerle.
La añoranza.
Pero él  echaba de menos algo conocido, en cambio yo no sabia lo que añoraba.
Él  la echaba de menos a ella.
Yo misma tenia constancia de la existencia de la otra, porque más de una vez le había oído decir su nombre en sueños, en pesadillas.
Elizabet.
Me separe por completo de él, y le rodeé.
Su espalda estaba surcada por dos grandes cicatrices de unos treinta centímetros cada una, pálidas y marcadas.
Alce mi mano y toque  con la punta de los dedos una de ellas con suavidad.
Él  se puso rígido, y se mordió el labio con  fuerza.
Me agache un poco y le besé suavemente con mis labios una de sus pálidas cicatrices con cuidado.
Estuve unos instantes allí, apoyando la frente en su espalda, dejando que mi pelo suelto y mi respiración le acariciaran.
Después puse ambas manos en sus hombros, su piel era tan suave como el terciopelo, y contemple sus cicatrices, no pude evitar tocarlas de nuevo.
Eran frías, y mucho más blancas que su piel, como si allí le faltara algo. Algo altamente añorado.
Sabia exactamente lo que estaba pensando,  y estaba segura de que él también tenia consciencia de mis propios pensamientos, pero no me importaba, en absoluto.
No quería tener ningún secreto para él.
-Ela.
Me llamó, alcé la vista y le miré.
Él había girado levemente la cabeza y me observaba con intensidad.
Parecía que mi teoría era acertada, porque dijo.
-Te quiero, eres muy importante para mí.
Deseo que lo sepas. Pero también quiero que  comprendas que no estas por detrás de ella, ni mucho menos.
Siempre evitaba decir su nombre, y yo no hacia menos.
De pronto se giró con una rapidez que me pillo completamente desprevenida y me acuno la cara con fuerza, hipnotizándome con su mirada acerada. 
-Tú eres tímida, enigmática, bondadosa. Ella también lo era, -me acaricio suavemente la cara y me estremecí ante el calor sobre humano de su cuerpo, su mirada era tan dulce... No pude evitar cerrar los ojos un instante, dejándome llevar por los erráticos latidos de mí corazón, por las emociones que me provocaba aquel hombre.- Os parecéis como dos gotas de agua...-trago saliva- aunque no la recuerdo, aunque no recuerde su aspecto, sois iguales. Vuestras almas son idénticas.
Abrí los ojos al fin.
Me quede ensimismada, mirándole, sus ojos chispeaban. Mi alma se estremeció al entender sus palabras. El corazón se me paro de golpe, había dicho, “Era”.
Tragué saliva, con las comisuras de mis ojos repletas de lágrimas a punto de verterse.
-¿Era?
Pregunte muy quedamente y con voz temblorosa.
La luz de sus ojos se apago momentáneamente y me soltó la cara, se giró y se dirigió hacia la ventana.
Se quedo ensimismado mirando la nada.
La penumbra hacia resaltar más su torso desnudo.
Y cuando ya creía que no me iba a contestar lo izo.
-En cierto modo esta muerta, porque nunca más volveré a verla.
Esta en un lugar que nunca más podré alcanzar.
Cuando dijo estas palabras en un susurro seguía mirando por la ventana, pero vi que su mirada era de pesar, un pesar infinito.
Al fin no pude evitarlo y las lágrimas se me escaparon.
Me puse las manos en la boca, intentando amortiguar el sonido de mi sollozo, para no alarmarle.
rodándome por mis mejillas con suavidad, haciendo que cayeran  por su espalda.
Aquellas  cicatrices que le surcaban por la espalda no tenían nada que ver con el dolor que, con mucha más profundidad había llegado a lo más hondo de su corazón, donde yo nunca podría llegar a alcanzar y ni mucho menos a  sanar...
Y mi propia herida se hacia  más profunda a causa de su dolor, por no saber consolarle...

Verónica Fuentes Sempere


Digo que fue el principio de mi fin, por que esto lo escribí cuando tenia quince años, y  lo presente a un concurso.
Me sacaron de clase, para preguntarme si había copiado la obra de algún autor, si lo había sacado de algún sitio... pero no.
Entonces, simplemente, estube unos meses depresiva.
Se me ocurrían cosas, pero las dejaba de inmediato. No las podía continuar. Y por supuesto, el texto que hay arriba, era de un libro que estaba escribiendo en aquel entonces.
No lo he terminado.
Cuando intento retomarlo... no puedo. Y es una historia que me gusta mucho, pero no puedo.
Así que, tes años después... sigue inconclusa, incluso en mi mente.
Aun que en lo que estoy "planeando" ahora mismo, salen los personajes de esta historia, como segundarios, pero salen.
Pues eso, tan solo quería actualizar, y me he enrollado.
Lo siento.
Un beso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡¡Hola!! ¿Qué te ha parecido la entrada? ¿Mal? ¿Bien? ¿Interesante? ¿No?
¡Sea lo que sea, dímelo!
Estaré encantada de responderte :D

Esta to guay *_______*

Seguidores



Sentía un dolor casi físico cuando el conde y la condesa entraban al mismo tiempo.. su amor mutuo era evidente, un vinculo genuino que les proporcionaba seguridad y felicidad. Hasta Logan y Serah intercambiaban a veces unas miradas que ponían de manifiesto que se gustaban. Esas miradas, ese amor, llenaba a Kylar de un anhelo tan hondo que creía que le abriría un hueco en el pecho. No era simple hambre; una rata de hermandad conocía el hambre igual que conocía las alcantarillas donde se acurrucaba buscando calor en invierno. El hambre no era comoda, pero resultaba familiar y no era algo que temer. Lo suyo era una sed, como si su cuerpo entero estubiese reseco, cuarteado, a punto de desmigajarse. Moriría de sed a orillas del lago más grande del mundo.

Todo aquello le estaba vedado. Para él, ese lago era un océano.

Era agua salada que solo le daría más y más sed, hasta causarle la locura y la muerte. El amor era la muerte de un ejecutor. Locura, debilidad, vulnerabilidad y muerte, no solo para el propio ejecutor, sino también para cualquiera que lo amase. En la vida de Azoth todo era muerte. Había jurado no amar jamas, pero cuando lo prometió no había visto nada parecido a lo que el conde y la condesa compartían. Resultaba tolerable si por lo menos le importase a alguien.


El Ángel de la Noche 1, El camino de las Sombras de Brent Weeks

Feveradicta *¬*

Mi diplomita :3

Mi diplomita :3
muchisimas gracias Karol!! ^^